El culo, tapado por la moda masculina
dictada por la Revolución Francesa, resurge como ente por vía femenina siglo y
medio después, en plena guerra fría (¿cómo bomba de calor?)
jueves, 28 de agosto de 2014
jueves, 21 de agosto de 2014
De generaciones
Cada
generación de salvamundos tiene sus propios marcopolos buscadores de especias nuevas para
el guiso planeado, así como sus indios con el sueño hipotecado a cambio de un espejo donde
mirarse el acné de su belfo imberbe. Siendo así que, del mismo modo en que ahora se acusa a los ultimísimos insurgentes a la mode, de
ser sus referentes Irán o Venezuela, hubo un tiempo en que, si recordabas al personal que la tierra era redonda o buscabas tus respuestas, te denostaban como
maoísta (aunque huyéramos del campo más que un guardia civil) solo por ir a
rabisalsear (y, de paso, darnos un sabaneo) a las embajadas a por revistas gratuitas impresas en raras y todavía inconcebibles cuatricromías, cuando aquí no había más que negro y azulete.
Así fue como conocimos al
abuelo de Kim Jong-un (tranquilos, ya vendrán el Jong-dos, Jong-tres, etc), el
osito panda perdido por Enrique y Ana y encontrado (y que ya anda) en Corea del
Norte, tan tierno y adorable para nuestro actual sentimentalismo eunuco occidental
como un adolincuente colonial (que parece rociado con Nenuco); ese dictador aniñado que,
como criado con polpotitos por el Khmer Rojo, reina sobre el para mí régimen
más kitsch del planeta, de los pocos sitios en el mundo en que el trabajo aún
no es privilegio de los ricos, pues allá estos descansan y dirigen, dejando a los pobres
trabajar, como debe ser, sin necesidad de créditos, crowdfunding o autoempleo,
como aquí Banderas o Stallone.
Un sitio donde los pobres lo son en propiedad, o
pobridad, y, si me apuras, hasta con probidad, aun siendo la mayoría funcionarios. O sea, de
los pocos lugares donde rige la razón instrumental burguesa y el orden universal, como debe ser. Causa esta por la cual debería ser considerado la gran
esperanza blanca, o nacarada (y chati, que es un plus), de occidente.
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El sur, esa tentación siempre tan excitante |
Pero no nos engañemos: es otra trampa, puro revisionismo, óptica y nada más, otro signo de degeneración del régimen. O
que están engordando. Porque hasta aquí las coreanas llevaban pantalones, con ese su típico
look de vendimiadora sexy con el que nos fascinaban. Y que además era signo de liberación auténtica. Porque una mujer sin pantalones no es nadie, como aquí se puso de manifiesto en el momento en que las nuestras se pusieron los vaqueros (y dejamos de ser cowboys de pacotilla).
Y que ya lo dijo la insigne Carmen Calvo, aquella inmensa ministra de cultura del empoderamiento por decreto: las
señoras tienen que ser caballeras, quijotas, manchegas. Hasta las coreanas. Y está demostrado que, de ahí (de la cacha, y lo que venga), al
tanga (rojo, por supuesto) y echarse a perder, va un paso, ya que está visto que en cuanto las mujeres se ponen en su sitio, sea o no por orden gubernativa, se acabó el comunismo.
jueves, 14 de agosto de 2014
El selfie
Muchas de las pautas de la conducta
relacional de hoy, y no solo de la juventud, fueron definidas y anticipadas
hace 35 años por Christopher Lasch en su libro La cultura del narcisismo, que es
en la que estamos metidos hasta el colodrillo, y cuya síntesis y paradigma más
preclaro es el móvil con cámara frontal. Es decir el teléfono personal dirigido
a uno mismo más que a los otros. El estanque-pantalla donde el moderno Narciso
se mira para gratificarse, sin estar muy claro que más allá haya alguien
necesariamente, pues lo importante es verte en tetas o en tablet abdominal y que te satisfagan la vanidad a golpe de etéreos comentarios
anónimos de “Me gusta”.
En eso consiste básicamente un selfie, que es una especie de menage a trois con tu móvil y la nada. Una pajilla electrónica con tu foto
inspirándote en plan chico/a de calendario. Y si alguien lo ve o lee, como es
para eso, ya no es un violador de intimidades, sino un violeydor. Y cuantos más mejor, porque el buen paño ya no se vende
en el arca, sino en el escaparate, eso que Goffman, hablando de nuestro teatro
en dos esferas, llama frontstage, o
mundo de la representación dominado por la forma, mientras por dentro, en la
rebotica, o backstage, va la
procesión, la verdadera. Y como no sabemos como hacernos notar, salir en
cualquier medio, ser auténticos sin serlo y dejar constancia del ego, cuyo caballo
de batalla es el selfie, y porque te
sacan fatal, más feo que Picio y con cara de gili estreñido, la tecnología se
va ya por lo que ha dado en llamar el selfie
phone, o móvil con cámara frontal de
12 megas.
Todo sea para evitar que el selfie,
que se ha revelado una técnica de presentación peligrosa, acabe con uno, como
esa pareja que pringó al hacerse uno encima de un acantilado portugués, para
inmortalizar su subida allá, delante de sus niños, que se les habrá grabado de
lo lindo. O que la gente, descontenta con el modo en que esa herramienta muestra
tu identidad, vuelva a tecnologías más rancias de decir aquí estoy yo, como Robin
Williams, el hombre a través del que hablaban los animales, o la voz a la que
los animales prestaban su imagen, que se hizo un selfie con una correa, sacándose de plano a puro correazo. Por eso no
hay imágenes. O que la muerte, que solo trabaja en una esfera, no necesita
móviles.
martes, 12 de agosto de 2014
El follapavas
Medio
siglo después, Juanito Romances miró por la ventana del aula que daba al patio
y vio que no llovía. Amagos tormentosos. Últimamente el tiempo amagaba más que
un boxeador chungo. Como él mismo de zagalucho, cuando le dio por calzarse el
cuero y desafiar en alguna calle perdida o en la alameda a todo aquel al que
tenía ganas. Y al reencuentro de la lluvia le entró una seca somnolencia con
cara de tonto de baba, de la que lo sacó a tirones del bajo de la chaqueta el
niño que le pedía ir a mear.
Era
uno de esos niños arrinconados, introvertidos, de videoconsola. Pero aún así pensó
que querría darse un garbeo o enfollinar a la portera o incluso largarse a la
alameda casi lindera con la escuela, en la hora blanca de su libertad.
En
realidad, Juanito Romances pensaba en él mismo. Y su cerebro más de moviola que
de maestro se transportó una vez más a aquel lugar donde le había nacido su
sobrenombre a la temprana edad de diez años cortos, por su precoz tendencia a
aviar pavas detrás de la galera de una vara que disfrutaba del descanso eterno
en un ángulo del inmenso corral ovejero de su casa conocida como del Gavilán,
novelesco nombre oscurecido por una cantidad tal de piojuelo, que la madre le
tenía puesto al recinto un interdicto permanente que le prohibía retozar en él a
sus anchas.
jueves, 7 de agosto de 2014
La gran evasión
En verano todo el mundo evade algo. Los tristes, el alma;
los pobres, la necesidad; la inocencia la juventud; los Pujol, divisas. En fin,
que cada cual tira de la manta, echa fuera las remesas de sus sobras completas
y se pone de saldo, tirándose al monte, a la playa, o a quien pueda. Es la gran
evasión. Liquidación total. Aquella por la cual todos tratamos de ser otros
siendo al fin lo que quisimos y nunca pudimos, invirtiendo en ello nuestro
principal capital: los sueños o ilusiones, que, en razón de la edad, el medio
disponible más a mano, van convirtiéndose en delirios, que es como la muerte
embarulla la sintaxis del sueño, que es la prueba de la rana de la vida.
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El verano que nos faltaba, derritiéndose |
Aunque al menos fue bonito mientras duró. Y también, que
a la piel que te apresaba y que abandonaste para ser tú mismo, le pasa lo que a
Aznavour con Venecia, que está triste sin ti, y que quizá sea tu verdadera
entidad en realidad, a la que a tu fantasma de verano más le vale volver,
aunque sea con la sábana entre las piernas, pues igual es esa toda la vida que
tenemos, aparte la ilusión del último verano, que siempre lo es aunque haya
próximos. Y ese fracaso canicular de cada año a lo mejor es la forma menos
virulenta de hacernos cargo durante otro montón de meses de ese ser que cuando
sube el sol al horizonte creemos cárcel de la que huir definitivamente, y
cuando se acerca el equinoccio parece la única habitable. Porque el hábito no
hará al monje. Pero la costumbre sí.
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