Medio
siglo después, Juanito Romances miró por la ventana del aula que daba al patio
y vio que no llovía. Amagos tormentosos. Últimamente el tiempo amagaba más que
un boxeador chungo. Como él mismo de zagalucho, cuando le dio por calzarse el
cuero y desafiar en alguna calle perdida o en la alameda a todo aquel al que
tenía ganas. Y al reencuentro de la lluvia le entró una seca somnolencia con
cara de tonto de baba, de la que lo sacó a tirones del bajo de la chaqueta el
niño que le pedía ir a mear.
Era
uno de esos niños arrinconados, introvertidos, de videoconsola. Pero aún así pensó
que querría darse un garbeo o enfollinar a la portera o incluso largarse a la
alameda casi lindera con la escuela, en la hora blanca de su libertad.
En
realidad, Juanito Romances pensaba en él mismo. Y su cerebro más de moviola que
de maestro se transportó una vez más a aquel lugar donde le había nacido su
sobrenombre a la temprana edad de diez años cortos, por su precoz tendencia a
aviar pavas detrás de la galera de una vara que disfrutaba del descanso eterno
en un ángulo del inmenso corral ovejero de su casa conocida como del Gavilán,
novelesco nombre oscurecido por una cantidad tal de piojuelo, que la madre le
tenía puesto al recinto un interdicto permanente que le prohibía retozar en él a
sus anchas.
Esto no le impedía ser portador habitual de los bichos, lo que hacía de su madre una experta desparasitadora, para lo cual se ayudaba de su traidor hermano, siendo por este motivo sonadas sus zalagardas con el zaino primogénito, que lo llevaba por el camino de la amargura desde que lo pillase entre las dos ruedas del desvencijado carruaje, agarrado y con la cara más zalba que una de las ovejas del redil, a una pavita blanca que se retorcía tratando de escabullirse del aguijón aún de pavito en pleno plan de desarrollo del avispado romeo.
Aquello iba a inaugurar un largo historial de humillaciones y risotadas fraternas. Y una
canción que siempre le cantaba a voz en grito, para fastidiarlo y recordarle
sus inicios: “Una pavita blanca, como la nieve…”. Ni el mismo día de su boda, a
la que Juanito acudiría ya de rigurosa sotana, se había cortado, cantándosela al
oído.
Pero
aquella primera vez, quizá poseído por la limpia encomienda de su madre de
vigilarle, la emprendió a capones en su cabeza apepinada, liberando así de su
escroto al otro pobre animal, hasta que alguien con intenciones menos sexis se
hiciera cargo de él en Navidad, al grito de “¡Maldito follapavas!”. Así le
inauguraron el mote.
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Acceso norte de la Fiesta del Árbol hace unos años, con el Tubo al fondo, antes de la última fechoría del enésimo y penúltimo follapavas político. |
Cómo
no le esquilmaría la pellica. Pensó con calma antigua en un vado de sombra que
una nube replegó sobre el patio de la escuela enjabonado por el sol inclemente,
al que la marquesina servía de anaquel para descanso de los rayos posados cual
palomas al mediodía.
Su
taimería hacia la higiene era anterior al piojuelo, de cuando su abanto,
licenciado y saltacequias chache se metió guiscón en la cuadra a inteletar
entre las vacas que ordeñaba el padre, con un junco del ribazo del canal vecino
y zalamerías del estilo de “papa, la cuernimocha, la Estrella, mucho es que no
esté movía, y rabicaliente, que corcovea como en amor”, y que no era sino
repetición de lo que oía a su progenitor, que reía ufano mientras extraía
gobanilla abajo de los pezones hasta el cubo chorros de leche con la maestría
alternante de un metrónomo, en una monótona sinfonía galáctea que suponía la
diaria supervivencia de su prole.
De
vez en cuando, hasta en invierno, alguna mosca caía en aquel caliente nevado. A
él le gustaba verlas caer y pintar el blancor con su tiñosa temeridad,
paseándose junco en mano como un tratante entre los animales. Y el padre, tan
hueco con sus observaciones de ganadero avezado.
Eso
mismo hacía cuando una de las vacas cabeceó con una paja en la boca. Otra
patinó en sus propias plastas y se le vino encima. Su padre fue a decir: “¿Pero
es que no te puedes estar quieto con la varica?”. Pero una tercera, nerviosa
con tanto moscón, sin darle tiempo a salir del atolladero, ya le había tirado
un directo en corto con la pata zoca, mandándolo de costado varios metros más
allá. Sólo que antes de aterrizar había tenido tiempo de rebozarse en el
estiércol, que no se sacaba hasta que los animales se tranquilizaban
almorzando. Cuando su padre se fue a por él, volcando la banqueta y alguna
leche, por la mar arbolada de las prisas, ya era una croqueta de mierda.
El
padre lo recogió, lo tanteó, se aseguró de que todo era un susto y, viéndolo
aún con el junco en la mano, dio por clausurado aquel día en las basuras con su
en adelante célebre cita familiar: “me cagüen la varica de la hostia”.

Durante
días la cara de su hermano tomó un color teja, y meses después aún se asustaba
cada vez que la nariz de su madre se le acercaba torcida de agrior. Y para
siempre ya, si a Juanito Romances le daba cierto repelús el agua en general, ni
la caliente sería del gusto de su hermano. Y contra ella despotricaba el día aquel
que, cráneo al cero, morro tieso por la pérdida de las colonias allá en la
galera y nada más encima que unos pantalones de loneta con tirantes ojalados
que permitían a su madre una persecución más eficiente de la roña, Juanito huía
de la quema a su selva natural, el parque lindero con su casa, encorajinado por
la adversidad para emprenderla allí con otra vaina.
La
alameda retozaba gozosa en su propia sombra que a penachos se descolgaba por la
marquesina que las ramas de los chopos machiembraban sobre las regueras, con su
silbo de hojas plateadas y su dulce meneo sanjuanero, que hacían del sol de
junio un astro bonachón.
Pensó
en botar al agua el barco de corteza de pino viejo modelado con su
descuernapadrastros de cachas rojas.
Pero
mejor no entretenerse. Su cerebro, aquel nudo de tocón como lo calificara su
maestra, lo que necesitaba era adrenalina. De modo que encauzó su andanza más
allá, donde los maletillas apuntaban alguna manera con el testuz de toro montado
sobre la horquilla de una rueda de bicicleta. Pero tras unas tuyas, adormecida
entre los trinos, lo reclamó una discutiña.
Tres
zaramingos disputaban leguleyos sobre si una canica de cristal –que le pareció
preciosa– estaba dentro o fuera de la raya del cenao. Se dirimía una perra
chica. “Estás cenao y ya está”, decía uno medio escuchimizado con el que había
coincidido en el marro las noches del verano anterior. Y otro, retestinado y
agañanado, no permitía: “Pues cojo mi perrica y me pierdo”. “Y una mierda vas a
coger. A que me quedo con la bola”. “A que te tiro una hostia”. Y cuando se
iban a enganchar, ante la mirada del tercero, algo más guarín, Juanito salió
corriendo del seto y, sobre la marcha, cogió la bola que le había hecho ojico, ahogando
así sus penas de corral.
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Parte de la Fiesta del Árbol y la salida a Ciudad Real vistos desde el Tubo, recién construido en los años cuarenta. |
De
primeras y al mismo quedarse supino sobre él, el azacán le mandó tal recado con
la mano abierta, que al hacer por esquivarla, volvió a Juanito del revés. Lo
que el otro aprovechó para hacerle una llave: “¡Suelta la bola, mentecato!”. Y
él, quizás por no saber de qué iba aquel insulto, pensando que el gasón lo habría
sacado de algún tebeo, se metió la bola en la boca y se la tragó.
“Aibó”,
dijo el ensapillado. “Copón”, dijo el guarín. Pero el interesado lo enganchó
del cuello, y como la bola ya estaba en el desagüe, ante un atónito Juanito,
empezó a buscarla por el suelo, hasta que cogió algo que Juanito, con tanto
batán, no supo discernir. “¡Sujetarlo!”, ordenó el pecholobo, poniéndoselo bajo
sus narices. Y entonces sí que lo vio.
Lo
que le arrimaban a la boca era lo que enseguida clasificó como zuruto auténtico
de perro. Y empezó a patalear y gritar desesperado. Entonces lo tumbaron y el
torturador, ya sobre su panza, le conminó: ”¡Tú te has tragado la bola, pos ahora te vas a comer esto. Toma!”. Y
empezó a restregarle el zuro, sólo medio seco, por el apretado morro que
apartaba poseso, en medio de alaridos.
Sus
apresores empezaron a gesticular asqueados al ver el bigote de excrementos que se
iba formando sobre el preso, y el escuchimizado desertó en el momento en que el
azacán reemprendía el castigo con tal ahínco que se untó él mismo la mano de
mierda, hasta introducir alguna de ella entre los labios de Juanito Romances
que, enloquecido, logró zafar la cabeza para un lado, aprovechando para vaciar
allí mismo todo lo que llevaba en el estómago, entre otras cosas, la canica.
El
guarín ahora sí se apartó completamente repugnado. El cachicán lo desmontó
aturdido, con la mano pringada de una mezcla de vómito y mierda, y con un gesto
de pudor improcedente, como con miedo a ensuciársela, recuperó la bola, asqueado
por el babeo y las últimas arcadas de un Juanito postrado. Entonces, el guarín,
con gesto aprensivo, arreó excitado: “¡Vámonos ya, Pardales, anda!”. Y echaron
a correr.
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Balsa cuadrada, en la década de los cuarenta del siglo pasado, fotografía de Belda. |
Juanito,
exhausto frente a su soledad, tardó en percatarse de la presencia de aquella
ful en su morrillo. Se revolvió y salió haciendo eses por el diseño francés del
parque hasta la balsa cuadrada y allí, en uno de sus grifos, bajo la gigantesca
copa escultural que hacía como que se derramaba sobre el estanque desde su caño
aorta seccionado a rape en la pared, se lavó con fragor toda la cara, el
cuello, la barbilla, como si aquel chorro quitara, como un cordero, todos los
pecados del mundo.
Cuando
se sintió limpio, acuclillado sobre donde el agua dejaba de hacer ondas, vio su
cara replatear junto a una carpa que pasaba liviana. Sólo entonces se levantó y
bebió agua, anegando con ello sus angustias. Después fue la alameda, sacó de su
bolsillo la descuernapadrastros y en el primer árbol que encontró recortó la
corteza con un manierismo prerrafaelista, bordando en su piel una declaración
de amor y de principios: “Pardales, hijoputa”. El combate perdido lo merecía. Luego, se
inclinó sobre el regato, dejó que el agua envolviera el filo indiferente de su
navaja, abúlica a la corriente y emprendió el vuelo hacia otro mundo.
Cincuenta
años después, el don Juan que ahora era se sobresaltó. La causa cercana era el
niño, que estaba de vuelta, para sorpresa suya. Era el mismo niño que unos días
antes, en una actividad extraescolar en la chopera gangrenada del ya agónico
parque, lo había agarrado, como era su modo, de la manga, mientras revisaba sus
sueños ya de secano mendrugueando en el paisaje decrépito algo parecido a la
esperanza, urgiéndole: “don Juan, venga, porfa...”

Entre
los miles de daguerrotipos que la vida había ido tatuando en el pobre vegetal había
una cicatriz materialmente suya: “Pardales, hijoputa”. Y Juanito, que volvía a
serlo, quedó absorto ante la llaga reseca del ayer.
Pero
el niño seguía señalando. Lo cual le obligó a reparar en lo que al lado mismo
de su ya casi ilegible firma estaba recién cincelado con una navajita de
llavero: “Héctor y Anoia”.
Don
Juan miró al atribulado niño y éste a él, requiriéndose una explicación mutua,
hasta que el niño estalló lloriqueando: “¡Que no, que yo no quiero tener novia…!”.
Pero
Juanito Romances ya no le escuchaba. Solamente pensaba en cómo la epidermis aún
plateada del árbol servía de pergamino a un trozo de metal para dar fe de vida
al eeterno devenir cíclico antes de ser arrasado definitivamente. Algo que,
bien considerado, repensó más tranquilo, sólo era una hipótesis, como los
mismos hombres.
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