jueves, 11 de enero de 2018

Carpe diem. ¡Despertad!

Una de las cosas más necias que se pueden hacer en esta vida es dormir de día, por desgracia una costumbre antinatural que se va extendiendo. Lo decía Hesiodo: “desdichado el que duerme en la mañana”. Lo cual no es sino un efecto de la conclusión weberiana de que “La ciencia y la conciencia olvidan de donde han surgido”.
Y es que a pesar de esa apariencia de la revolución verde del ecologismo, el naturismo, el paisajismo y otros ismos, apenas un istmo muy estrecho nos une con la naturaleza, siendo todas esas manifestaciones de moda, creo yo, más que un deseo de volver a ella, la necesidad más bien de quedarnos lo más posible a solas con nuestro propio cuerpo, presentido como maltratado por una sociedad de la que Lukacs dijo que cuanto más evolucionada, más opaca se vuelve. Y más oscurece por tanto nuestra propia visibilidad y la apreciación de eso que los sociólogos franchutes llamaban discurso del propio cuerpo.
El bosque social, que no deja ver el árbol principal que creemos ser. Y por eso se siente la premura de salir de él, aunque sea un rato, a esa otra naturaleza donde vernos y sentirnos como esperamos, solos. El cuerpo, que se manifiesta fugitivo, insatisfecho y apremiado, deja así de ser un vehículo del ruido social, o de su lenguaje, para pasar a disfrutar de su propio lenguaje, de sus propiedades corporales, que diría Bourdieu, en un entorno que se lo facilite, consumiéndose, que es lo suyo como costumbre ya asentada en necesidad, a sí mismo y a su lenguaje en forma del soliloquio del paseo por la vía verde, la vereda, la trocha, en un ejercicio de onanismo corporal en medio de un medio, con perdón, que lo exacerba, y que no es más que el consumo de la propia felicidad física.
En eso consiste salir afuera esos días que se vuelven especiales con la edad, que nos hace cada vez más irrepetibles para gozar de su experiencia. Al principio no oiremos los pájaros; quizá no veamos todas las flores, o no sintamos ciertos aires o aromas. Es sólo que hemos estado mucho tiempo embotados. Pero después el cuerpo se suelta y se reencuentra en todo eso y más. Y se revela en otra dimensión.

Quizá todo esto sea muy reaccionario (según Adorno, que por cierto murió en plena excursión alpina), pero, de vez en cuando no está de más una experiencia religiosa. Quedarse dormido pues en la mañana, con lo que nos espera fuera, no la naturaleza sino nosotros mismos en diferente plano, no sólo es desdicha. Es un pecado.

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